Notre Dame
Corre el año de 1482 en París, la Santa Inquisición se encuentra en apogeo debido a que gran parte de la península ibérica ha sido dominada por árabes. Las persecuciones han ido en aumento debido a la gran cantidad de gitanos que han emigrado a París, huyendo de la caza de otras regiones europeas.

En España se ha desatado una masacre antijudía por edicto real, todo aquél judío que no esté dispuesto a convertirse al cristianismo, será ejecutado. El establecimiento de una unidad religiosa ha sumado al clero para trabajar junto a la inquisición con la finalidad de erradicar las sectas, la herejía y las prácticas mágicas, así como cualquier otro sacrilegio que atente en contra de la Corona.

El Tribunal del Santo Oficio le ha otorgado a el Ministro Alexander Armengaud control total sobre las actividades eclesiásticas e inquisitoriales, él es el encargado de perpetuar los intereses de la Corona haciendo cumplir los edictos por medio de los crueles hombres a su cargo.

El pueblo parisino se encuentra dividido; por una parte está aquél sector que simpatiza con los gitanos y desea ayudarlos; y por otra parte están aquellos que los consideran una amenaza porque consumen demasiados recursos y como una plaga se propagan cometiendo actos sacrílegos a diestra y siniestra. El único sitio seguro de París que queda respetuosamente fuera del alcance de la inquisición es la catedral de Notre Dame, en la que se recibe y protege a toda persona que así lo solicite.

El líder gitano Adrien Trouillefou se ha encargado de triplicar el número de gitanos tan sólo dentro de la región parisina, es el epítome de la desobediencia civil y de la ilegalidad, los gitanos se han convertido en una plaga difícil de erradicar para la autoridad debido a su proceder clandestino y a que cuentan con aliados vitales para poder subsistir.

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Llegada a la mansión (Dion, Sophie, Marc, Aimée)

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Llegada a la mansión (Dion, Sophie, Marc, Aimée)

Mensaje por Alexander L. Armengaud el Sáb Jul 27, 2013 11:08 pm

Alexander se bajó las escaleras sumamente molesto con lo difícil que se estaba poniendo Dion, todo comenzó con un "¿Así piensas recibir a mis primos?..." Obviamente jamás pensó en armar una guerra encarnizada con ello, lo dijo inocentemente porque de alguna manera no le gustaban los colores que había elegido. Lamentablemente ambos habían despertado medio molestos de un día anterior y ya medio reconciliándose tenía que ser un idiota y cagarla a unos minutos de que llegaran sus primos, era terrible. -¿Sabes qué? ¡Haz lo que quieras! ¡Sólo viste a mi hija y mándala para acá!- Le gritó mientras bajaba a grandes zancadas por las escaleras con sus mejores galas y haciendo que todas las sirvientas corrieran en círculos dispersándose después por ahí dejando la planta baja impecable y sin un alma presente. Estaba nervioso, no sabía qué tan decentes habrían de llegar los otros para la ocasión y para variar Dion comenzaba con sus niñerías.

Dion abrió la puerta del enorme ropero claramente molesto, después de todo por lo que habían pasado, a Alexander no le parecía lo suficientemente digno el atuendo que había elegido. "¿Esperas que use un vestido o algo parecido? No pretendo cambiarme de ropa" había contestado, lo suficientemente enojado como para meditar en algo más, era más que obvio que no le agradaban las visitas, mucho menos cuando se trataba de condescender con la "familia" que se acordaba de ellos sólo por que de seguro estaban metidos en algún lío.

-¡No soy una de tus sirvientas!-Le gritó desde la habitación, mientras la pequeña entraba aún con el cabello revuelto por que al parecer su nana no había logrado peinarla, ni siquiera había logrado terminar de atar el vestido rosado que usaría para ese "gran día".

-Ven aquí, Cherié-Le dijo intentando parecer lo más neutral posible, mientras lanzaba ropa por toda la habitación, buscando qué mas usar, algo que le agradara al "señor Armengaud" y no lo pusiera en ridículo delante de sus jodidos parientes.

Pasó de una tonalidad verdosa a un saco color vino con un par de pantalones negros, el color resaltaba con sus ojos y con la tonalidad de su piel, por lo que no le vio mayor problema. Se ató el cabello con un listón negro a velocidad increíble, para después encargarse de su hija.


-¡No pero eres mío! ¡Mi maldita pertenencia!- Le gritó molesto mientras se revisaba el atuendo en el espejo y después usaba un cristal de lectura para analizar con detenimiento la última carta que les había llegado, al parecer todo iba bien, era legítima y no tenían porqué venir a matarlo diciendo que eran sus primos, además... A Marc ya lo había conocido en batalla, era un hombre tranquilo y de buen corazón por lo que él recordaba así que no sería tanto problema hospedarles en su casa hasta que encontraran un lugar digno para quedarse sin el riesgo de que les cortaran la garganta esos malditos italianos. -Oye Dion...- Le habló parándose al pie de las escaleras -Ya baja de una puta vez, ah... Lo siento ¿vale? Es sólo que... este hombre no es sólo mi primo sino un compañero de batalla... no sabes lo importante que es para mí que se lleven una buena impresión...- Intentó explicarse.

Dion se ofendió más si cabía, y estaba dispuesto a bajar a gritarle que su primo le importaba una reverenda mierda, pero la pequeña se había asustado, y él odiaba admitirlo pero eso le podía más que el tener que cambiarse de ropa. -Papá sólo está algo molesto, no pasa nada, cielo- Le dijo en un tono más dulce mientras tomaba el cepillo para acomodar aquél cabello rubio y ligeramente rizado, para después ponerle un lazo al rededor de la cabeza, con un pequeño moño al un lado, improvisaba lo mejor que podía puesto que ahí todas las sirvientas eran unas completas inútiles.
-Ven...-la tomó en brazos, no sin antes asegurarse que el vestido de la niña lucía perfecto, al igual que su atuendo.
Bajó las escaleras de a poco, sin siquiera mirar a Alexander, si no le parecía lo que había hecho con la niña, bien podría recibir a su primo-soldado-lo que fuera, él solo.


Alexander iba a caer en una de esas rabietas tan típicas pero se controló y solamente tomó uno de los libros de la mesa y lo lanzó con todas sus fuerzas contra una de esas feas estatuas en el jardín que sólo había comprado por mera lástima, al final era una estatua falsa de Deméter por lo que al descabezarse hasta le dio gusto. Gruñó y luego suspiró caminando a pasos severos a la entrada ignorándolo también, iba a tener que ir a vengarse en el tribunal más tarde, ahora ni en su maldita casa podía hacer lo que quisiera.

Aimée abrió la puerta del carruaje cuando este llegó hasta la puerta, a pesar de haber vigilado en el camino maquillaje y peinado perfecto y medio arreglar el vestido arruinado que cargaba su crimen y su trastorno psicológico por lo ocurrido se le veía como una asesina encantadora a la que le podías pedir que te matara de una buena vez con sólo esa sensualidad que sólo ella podía tener. Sacó una pierna del carruaje con el zapatito de tacón rosa pastel forrado de seda entierrado y algo manchado de sangre y lo depositó en el piso de forma glamurosa como toda una artista, después la otra pierna y salió del carruaje con ayuda del cochero, su estatura de 1.80 imponía con esos tacones y se veía ligeramente más alta que Alexander, le amplió una sonrisa a el hombre tan apuesto que asombrado le comtemplaba primero embobado quizá en sus formas y después como si fuera una aparición del mismo infierno, supuso que no era ella lo que esperaba, bueno... en realidad todos se llevaban esa sorpresa al conocerle de una u otra manera -Buenas tardes monsieur Alexander- Le saludó acercándose a paso elegante contorneando las caderas bajo esa falda ampona y ese corset que definía su deliciosa cintura. Le ofreció la mano para que besara el dorso -Es un placer al fin conocernos en persona, yo soy Aimée Domecq- Se presentó con ese tonito amistoso y después dirigió una mirada al otro hombre bello en la entrada y una ¿niña? ¡Madre de Dios! ¡Odiaba los niños! Marc nunca le había mencionado tal cosa...
Hablando de él le miró bajar con una expresión de ensoñación por él que era todavía más alto (1.88 para ser específica) y se paró tras ella como buen soldado jalándole de la cintura hacia él, pegándola a él para tenderle la mano a Alexander diciendo las cotidianidades acostumbradas, entre otras cosas... Ella rodó los ojos y miró a Dion, de todas formas tenía que saludar y debía dejar que ellos terminaran de lloriquear por verse de nuevo -Monsieur, buenas tardes...- Ofreció su manita enguantada de nuevo, un guante impecable pese a su demás atuendo.


Alexander vio al fin llegar el carruaje tranquilizándose de que llegaran a salvo, miró el carruaje abrirse y entonces lo que vio pareció ser uno de esos raros sueños que solía tener, una visión que le gustó en un principio, una mujer rubia, preciosa y de forma deliciosa había bajado del carruaje, un espécimen perfecto que seguro era la hermana de la que Marc había hablado tanto en sus cartas, el mismo pecado que ocultaba entre todo aquello... lamentablemente no podía comprenderlo mejor, aquella chica que en realidad era un chico era la joya más bella que jamás haya visto, formas feminoides perfectas oh sí... Pero de repente por alguna extraña razón comenzó a poner atención en sus ropas y se dio cuenta que Marc no bromeaba para nada con eso de que necesitaban la ayuda, para él el aspecto era perfecto pero seguro que Dion lo mataba, y seguro que si no lo hacía allí mismo es porque aún entre su odio a él en ese momento se ocultaba el enorme amor profesado y por ese atisbo asomado no lo mataba allí mismo. Desvió la mirada por un segundo al darse cuenta se su propia expresión por medio de la seriedad de la chica por un momento y entonces después bajó Marc a saludarle -¡Hermano! ¡Qué bueno que al fin hayas llegado!- Le saludó lleno de emoción olvidando lo demás al verlo, el parecido entre ellos era innegable solamente con la manera de mirar, finalmente eran primos hermanos.

"Lo que me faltaba, una mujer..." Pensó para sí mientras intentaba no asesinar con la mirada a Alexander, nadie lo conocía mejor que él. Después se acercó a saludar cortesmente a la dama, que a pesar de ser bella lucía algo...extraña. Disimuló a la perfección su enfado, con una sonrisa preciosa que a pesar de que no parecía fingida, lo era por completo. Aún llevaba a la niña en brazos, no era porque quisiera parecer una madre abnegada, sino porque podría chantajear a la niña sobre lloriquear para sacarlo de ese aprieto si las cosas se ponían más tensas de lo que ya estaban. Como lo esperaba, Alexander se olvidó de presentarlo, estaba demasiado ocupado charlando con aquél hombre animadamente, el parecido dejó a Dion un tanto consternado, era bastante apuesto.
-Buenas tardes Madame, Dion Armengaud, es un placer tenerlos en casa...-Tomó la mano ajena y apenas y la besó un poco, con un gesto gracil que demostraba sus modales.
-Saluda, Sophie...-Dion intentó hacer que la niña cooperara pero al parecer estaba en el mismo humor que el suyo, sin ganas de socializar. -Es algo tímida- No se molestó en explicar su procedencia, de seguro aquél hombre ya conocía la historia del desliz de Alexander, por lo que no había porqué molestarse en explicar más.
Dion dio la orden de que sacaran las maletas de sus invitados del carruaje y las pusieran en sus respectivas habitaciones, separadas, en efecto, y muy lejos de la suya.


-Te entiendo, es particularmente inconveniente venir a infiltrarnos en tu hogar...- Le dijo bajo, al mirar su apariencia, que llevaba en brazos a la pequeña y que el otro se comportaba como un reverendo patán supuso que aquel chico de ojos claros era el mismísimo hombre por el cual Alexander no estaba casado y había cumplido sus "votos" con "Dios" tan admirablemente. No pudo guardárselo para después porque la verdad hasta ya había aprendido a presentarse primero que Marc para no pasar por lo que pasaba Dion. -Te aseguro que procuraré no buscar muchos problemas- Le dijo con ese tonito intermedio entre hombre y mujer tan particular, enfatizándolo en "inconveniente" porque ya ni a ella le estaba gustando la idea cuando había una pequeña de por medio, ya había analizado rápidamente lo malo que era de por sí vivir con un hijo de... ahora dos en casa y encima una loca como ella seguro que sería terriblemente traumático -Tu muñequita es preciosa- Le halagó pintándole una sonrisa más sincera -Aimée Domecq...- Dijo finalmente mientras lo miraba a los ojos con un letrero enorme de "Te comprendo" en sus orbes azules y acariciando los cabellos de la pequeña.

-No es ningún inconveniente- Aseguró, había lidiado con cosas peores que esa, así que esta parecía ser otra de sus rachas no del todo prósperas. Sonrió ante su comentario, con un implícito "yo me encargaré de que así sea", ligeramente intrigado por esa voz tan alejada de la realidad.
-Merci -Ni cómo admitir que no era su hija si era casi idéntica a él, con esos ojos enormes y expresivos.Dejó que aquella mano enguantada tocara a la pequeña a pesar de no lucir del todo higiénica y le susurró algunas palabras en el oído a Sophie, un francés dulce y casi hasta meloso que parecía sólo utilizar para ella.

-Hola, tía Aimée-Logró decir la niña rubia, con su vocesita infantil y apenas audible mientras Dion se sentía triunfal por hacerla cooperar un poco, Alexander seguía prácticamente girando en un campo de rosas en compañía de su amigo. -Pasa, por favor, debió ser un viaje muy largo -Dion esperó paciente a poder conocer al famoso Marc Domecq de quien Alexander tanto hablaba.


Aimée después se llevó una mano al cabello para acomodar un poco su fleco impecable y sonrió ampliamente ante las palabras de la pequeña -¡Ohh eres tan adorable cheriè!- Exclamó encantada y después le sonrió encantada a Dion con ese labial carmín encendido que se le veía tan bien -Muchas gracias, de hecho fue muy cansado... no tomamos ningún descanso para llegar lo más rápido con ustedes, suponíamos que nuestro primo estaría ansioso de vernos...- Le comenzó a platicar mientras jugaba con los dedos y miraba los alrededores -Tienen un hogar precioso, quedé boquiabierta en cuanto lo vi desde lejos en el carruaje, me encanta- Le halagó en cuanto se dio cuenta que quizá había cambiado el concepto de ella en ese chico de ojos peculiares tan apuesto.

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Re: Llegada a la mansión (Dion, Sophie, Marc, Aimée)

Mensaje por Marc A. Domecq el Lun Jul 29, 2013 8:26 pm

Marc bajó del carruaje detrás de Aimée y dejó que se le adelantara para saludar a Alexander, quien él mismo no pudo dejar de mirar como si no lo conociera ya, lucía tan distinto que le pareció que hubieran pasado décadas que no se veían, desde la guerra. Definitivamente, ambos hombres eran muy distintos a los que se habían conocido en la guerra, pero eso no implicaba que no estuviera más que regocijado y feliz de verlo -¡Alexander!- Expresó del mismo modo efusivo con el que su primo lo había saludado, tomando a su hermana de la cintura para pegarla a él y luego estrechar con fuerza la mano del soldado -No sabes el placer que me da verte de nuevo...- Soltó a Aimée para poder abrazar a Alexander, tantos sentimientos encontrados eran los que tenía de verlo nuevamente, pues él también lo consideraba como su único hermano, el único que realmente lo apoyó y lo ayudó durante ese tiempo de tormento. Palmeó su espalda con la misma fuerza, ese era el modo que tenían de demostrarse afecto entre hombres como ellos -Ya conociste a mi bella joya al fin...es la más hermosa de todas...- Y al decir eso, se le quedó mirando a Alexander con complicidad y advertencia silenciosa, pues sabía que su primo también conocía su secreto y confiaba en que lo guardara y que a la vez, mantuviera su distancia pese a la abrumadora belleza de Aimée. Sus ojos centellearon un amenazante y nuevo brillo escalofriante que delataba lo "cambiado" que estaba Marc. Pero luego le regresó de inmediato la euforia y la alegría de verlo -¡Tienes la mansión más preciosa que haya visto nunca! siempre lo supe, ¡eres odioso!- Le golpeó el hombro en son de broma, entre risotadas, pues durante el tiempo que compartieron en batalla, Alexander siempre se portaba presumido y soberbio acerca de los lujos y las cantidades de dinero estratosféricas que planeaba tener.
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Re: Llegada a la mansión (Dion, Sophie, Marc, Aimée)

Mensaje por Alexander L. Armengaud el Lun Jul 29, 2013 10:39 pm

-Hermano me encanta que estés aquí, qué bueno que llegaste al fin, aquí mi ángel estaba impaciente de verlos, oh mira, creo que comenzarán a llevarse bien- Le mencionó mientras escuchaba lo que le decía de Aimée, subió una ceja al notar aquella mirada, era igualita a la suya cuando marcaba su territorio por lo que la comprendía -Es preciosa, digna de nuestra familia, claro- Comentó de forma amena -Oye qué lastima lo de mi tía Claire, la ultima vez que fui a visitarle se encontraba muy feliz de la carta que le entregué de tu parte ¿Recuerdas? Ese día que te hirieron y que el estupido doctor no sabía si sobrevivirías, agh! creo que terminé sabiendo más yo de medicina que él, sirvió más la curación que te hice al regresar de entregar tu carta a tu madre y a la, en ese tiempo, pequeña Aimée, una niña rubiecita y despeinada... ahh qué tiempos aquellos, fueron muy buenos debes aceptarlo- Le comentaba encantado y se rió a carcajadas al escuchar eso de que era odioso .Pues así como lo vez me lo gané solo, mi padre era un miserable, afortunadamente he tenido muy buenos puestos y he mejorado la casa poco a poco, te dije que lo lograría ¿no? ¿Qué me dices de ti? Te aseguro que no vienes con los bolsillos vacíos- Le comentaba mientras caminaban dentro de la casa -Vamos hermano te daré un trago, les tenemos preparado un banquete de bienvenida y los siervos ayudarán a meter las maletas y todo lo demás- Le explicó tranquilamente al otro sin poder evitar fijar su mirada en el trasero de Dion, era un enfermo pero ese hombre delicado le ponía en todo momento, sobre todo ahora que lo rehuía y le evitaba las miradas supuestamente muy indignado -Mira a mi ángel, ¿No es adorable?... Es lo único bueno que trajo a esta casa ese idiota borracho de Léonie...- Habló primero con cierta ensoñación por lo que miraba y después su mirada cambió a una muy diferente, fría y malvada al hablar de su padre.

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Re: Llegada a la mansión (Dion, Sophie, Marc, Aimée)

Mensaje por Marc A. Domecq el Mar Jul 30, 2013 12:01 am

-Oh, es verdad, espero que no los hayamos hecho esperar- Dijo caminando con ese porte elegante, soberbio, aunque resultaba un tanto irónico su atuendo comparado con su porte, pues también estaba desaliñado, cubierto de tierra y manchas color de carmín al igual que Aimée y al parecer, a ninguno de los dos les afectaba en lo más mínimo haberse presentado así. Escuchó lo que dijo Alex, asintiendo cabizbajo al recordar eso que le comentaba, le dolió la cabeza, le dolía siempre que las escenas de esos años le volvían a la mente -ahh...sí- Disimuló su gimoteo con una expresión de asentimiento, llevándose los dedos a las sienes y agachándose un poco, tuvo que apretar los ojos unos momentos para disipar los abrumadores recuerdos -Ella era...como el sol en nuestras vidas...eso que nos unió, por eso quizá ahora solamente vivimos de noche...- Dijo reponiéndose rápidamente, haciendo ese ácido chiste con una risa fluida -Oh yo siempre confié en ti, Alex, sabía que lo harías por tu cuenta, tenías ese espíritu...¡Aún lo tienes! Esa alma poderosa, indomable- Suspiró con autosuficiencia al decir aquello mirando con orgullo a Alexander, se sentía sumamente feliz de que hubiese logrado deshacerse de ese infeliz de su padre. Pero extendió una sonrisa amplia y divertida cuando su primo le dijo que seguro no habían salido sin dinero de allá -¡Pero por supuesto que no!- Y se rió con ganas

-Oh sí, ¡gracias! vamos, me muero por uno...- Aceptó el trago y agradeció el banquete. Luego volteó a mirar a Dion cuando Alexander lo mencionó -tu ángel...- Lo repasó con la mirada, mientras se internaba en la mansión junto con Aimée. Para ser hombre, honestamente sí, era tan delicado y con esos ojos, era bello, pero obviamente para Marc nadie podía ser más perfecto y hermoso que Aimée. -Definitivamente...es digno de ti, hermano...te felicito- Le aseguró con esa sonrisa picarona, pero también claramente detrás de su línea, respetando. Le puso una mano en el hombro con camaradería. Pero entonces notó que Dion llevaba a una niña, a una primorosa niña en brazos y se maravilló, a Marc le gustaban los niños, aún esa pequeña parte tierna de él, (de cuando le nació volverse sacerdote y todo eso) se conservaba en lo recóndito de su retorcida mente afectada -No puede ser...Alex, ¿Quién es ella? ¡Pícaro! ¡Nunca me hablaste de ella!...-
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Re: Llegada a la mansión (Dion, Sophie, Marc, Aimée)

Mensaje por Aimée E. Domecq el Miér Ene 08, 2014 10:15 pm

Aimée se acercó a Marc y lo abrazó de la cintura posando su cabeza en el hombro ajeno sonriendo primorosa a su primo Alexander -Oh ¿Pero qué no te lo había dicho?... Ella es su adorable hija, la acogió aquí cuando su madre tuvo ese desafortunado accidente en las afueras de París... claramente una tragedia- Le musitó para que la pequeña no escuchara eso, supuso que no sería bonito escuchar una cosa así -Pero mírala, es tan parecida a ellos... es la mezcla perfecta de ustedes...- Le dijo a Alexander para elogiarlo separándose de Marc depositando un beso en su maxilar -Siento si tengo que dejarlos caballeros pero me siento agotada, Dion y yo subiremos y me mostrará las habitaciones ¡Besos!- Les dijo caminando a besar la mejilla del otro y tomando su copa de vino de la charola que traía una sierva para subir las escaleras con paso cadencioso hasta perderse de su vista, era verdad que la casa era enorme y preciosa... La pasarían de maravilla allí.

-FIN DE LA ESCENA-
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Re: Llegada a la mansión (Dion, Sophie, Marc, Aimée)

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